Sobre mí

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plutoNací un caluroso día de mayo en San Antonio, Texas. Mi madre quería que fuera niña, pero, mi hermano, de cinco años, conspiraba para tener un hermanito. Incluso el día de la fiesta que hicieron para celebrar la llegada del bebé (o sea, yo), mi hermano y mi padre le regalaron a mi madre un edredón azul (que luego se cambió por uno rosa) y un cartelito que ponía: «es un niño». Todo fue en vano, porque fui yo quien nací: un bebé enano, peludo e hinchado, pero niña al fin y al cabo.

Mi madre estaba encantada, y mi hermano, en el fondo, también. Mi padre no se quejaba, porque yo era un bebé con buena salud que casi le cabía en la palma de la mano; ¿qué más puede pedir un padre?

Viví durante un año en mi casita de San Antonio, compartiendo mi tierna infancia con los demás bebés estadounidenses, celebrando comidas a la española, en casas de vecinos y de amigos de mis padres. Enseguida di mis primeros pasos sobre la moqueta del salón, corrí por el pasillo, me metí en la chimenea (apagada), en las habitaciones. Era una niña bastante inquieta que no podía parar ni cinco segundos.

Por fin llegó el día en que mi madre, mi hermano y yo tuvimos que volver a España. Después de un pesado viaje en avión y un todavía más agobiante viaje en taxi, nos instalamos en casa de mis abuelos. Eran dos simpáticos viejecitos (aunque mi abuelo era un poco cascarrabias) que nos daban a mi hermano y a mí todos los caprichos del mundo. Durante los años que viví en esa casa, todo fue alegría: cumpleaños con la familia, cenas de Navidad que reunían exactamente a trece personas, y regalos, regalos, regalos.

Pero todo lo bueno acaba y nos tuvimos que independizar. Mi padre se mudó por fin a España, y compramos nuestro primer (y único) piso, que era idéntico al piso de mis abuelos. Incluso me dejaron tener hasta la misma habitación: un cubículo en el que apenas cabía un cama, y en el que todavía vivo. Mi hermano, después de haber conspirado como acostumbraba, se quedó con el cuarto más amplio. «Es que él es más grande», explicaban mis padres. «Claro, claro, como yo me voy a quedar enana…». Pero así ha seguido hasta hoy, por muchas campañas que haya hecho a favor de mis derechos, siempre me verán como ‘la niña’, y nadie lo cambiará.

PD: Años después de escribir esta biografía, puedo anunciar orgullosa que heredé el cuarto grande de mis padres, pero ya en casa de mis abuelos, donde ahora vivo de alquiler (las dos casas son exactamente iguales). Lo veo como una avance… Mi hermano vive conmigo y ha mantenido la misma habitación… Afortunado…