¿Por qué escribo?

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363756326_9845cbf7ac_oDesde pequeña me ha gustado escribir. Mi madre todavía guarda una carpeta llena de relatos cortos que escribía cuando era niña. Recuerdo uno que hablaba de la plaza de toros de Valdemorillo. Durante las fiestas, se llenaba de gente del pueblo que disfrutaba de las corridas y del torero famoso que habían contratado para ese año. Hasta que un día, un toro lo mató y, desde entonces, la plaza no volvió a abrir sus puertas. Más o menos, todos los cuentos tenían esa misma estructura: presentaba el lugar donde se desarrollaba la historia, planteaba una situación y acababa con un final generalmente trágico. Y eso que yo era una niña muy feliz, pero para mí eso eran los relatos, no tenían que terminar bien. Confieso, para horror de alguno de mis lectores, que solía incluir moraleja. No podía evitarlo, por aquella época me había dado por leer fábulas y solo quería imitar lo que leía.

Mi siguiente etapa de ‘escritora’ llegó cuando comencé el instituto. Fue porque alguien me dijo que lo hacía bien. Venía de un colegio en el que no había sido precisamente popular. Tampoco había destacado en nada y no veía que tuviera ninguna cualidad especial que me hiciera destacar de ninguna de las maneras. Así que cuando la profesora de lengua me dijo que redactaba bien, me sentí orgullosa. Todas las semanas nos daba una frase (generalmente se trataba de frases de lo más absurdas) y debíamos escribir una redacción a partir de ella. Cada vez que me tocaba leer en voz alta lo que había escrito, veía la sonrisa en su cara. Esa sonrisa me animaba a seguir escribiendo y cada vez me volvía más osada e inventiva.

Durante muchos años, dejé de escribir relatos y me dediqué a rellenar cuadernos y cuadernos con mi día a día, lo que viene siendo un diario, vamos. Lo hacía porque quería poder recordar cada momento de la forma más exacta posible. Luego me di cuenta de que a veces es mejor guardar solo un ligero recuerdo de cada momento y que nuestro cerebro rellene los huecos con acontecimientos más agradables.

En los últimos años, reconozco que he mantenido la escritura bastante olvidada. Casi ni daba importancia a la satisfacción que me producía escribir lo que fuera. Normalmente, a través de un correo a una amiga para preguntarle cómo estaba, acababa por enviar párrafos y párrafos interminables de mi propia vida, nunca parecía ser suficiente. Me di cuenta que escribir me liberaba, que podía contar todo aquello que no era capaz de expresar con la voz porque sencillamente no me atrevía.

Ahora mismo he vuelto a los relatos, ¿y por qué sigo escribiendo? Porque me hace sentir mejor. Consigo liberar la tensión a través de la tinta, puedo expresar lo que siento o lo que me pasa sin miedo a lo que piense la gente. Es algo que nunca he conseguido hacer de forma hablada. Es como si al verlo por escrito y compartirlo ya no es tuyo, ya el problema pertenece a otro y nunca volverá a molestarte. Escribo porque me permite cambiar mi propia historia. Yo decido lo que pasa y cómo pasa, decido si gano o pierdo, decido mi propia felicidad. Me otorga la posibilidad de cambiar decisiones que he tomado, de salir de bucles que me atrapan, dejarlo todo atrás e irme de viaje para no volver. Pero sobre todo, me permite inventar, y poder hacerlo te abre las puertas a todo.

No sé qué será de mi el día de mañana, ni si seguiré escribiendo o no. Pero mi intención es hacerlo, porque creo que me queda mucho que compartir y esta es la mejor manera que he encontrado para hacerlo.