Limpiabotas en la Gran Vía

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 Ahí están de nuevo esos hombrecillos limpiabotas que se sienta en su butaca baja día tras día repartidos por toda la Gran Vía de Madrid. Con sus pequeños estuches de madera para guardar los utensilios de limpieza, el reposapiés en la parte superior, su butaca alta para los clientes… Observan la calle y los pies de la gente, buscando calzado de piel buena al que ofrecer sus servicios. Casi se puede escuchar la conversación entre zapato y limpiabotas. El profesional observa la calle de arriba abajo con los ojos bien fijos en los adoquines del suelo, como buscando a su presa. De repente, de la nada, ve acercarse un zapato de piel marrón italiana y comienza la ceremonia de cortejo. Con disimulo, intenta llamar su atención, abre el estuche y saca los diferentes cepillos y ceras hasta que consigue atraer a tan refinado cliente.

─Buenos días tenga usted ─dice el zapato con interés.

─Buenos días, caballero, ¿en qué puedo ayudarle?

─Veo que cuenta usted con buen material, ¿qué me puede ofrecer exactamente?

El buen hombre, entorna los ojos y mira fijamente a su futuro cliente.

─Pues, yo diría que necesita un buen cepillado para el polvo y demás porquería, después el paso el trapo para acabar con cualquier resto que haya quedado. Esta crema sirve para lavar bien la piel. Es muy importante tratar la piel. Imagine usted que por las mañanas el ser humano no se lavara nunca, al final la piel sufre. Esto es igual. Para finalizar, le doy tres capas de cera, dejamos secar un rato y queda usted como nuevo.

El zapato queda convencido. Su dueño se sienta en el butacón y el limpiabotas comienza el minucioso proceso de limpieza. Entre conversaciones sobre el clima, fútbol —El Madrid ayer el metió cuatro al Atleti, si es que están que se salen— , política, la crisis, el limpiabotas, acostumbrado a la multitarea, termina su labor. El zapato, orgulloso de su nuevo aspecto paga al señor y sigue su camino calle abajo con más alegría de la habitual.

El limpiabotas queda satisfecho con su trabajo y vuelve a la búsqueda de un nuevo cliente. Antes sus ojos, comienza el desfile de zapatos de lona, satén, nailon, incluso plástico o imitación barata de cuero. Ninguno sirve como potencial cliente. A medida que avanza el día, la esperanza de encontrar algo mínimamente interesante va desapareciendo. Cada vez prima más la cantidad que la calidad, se dice el pobre hombre sin apartar la vista de la acera.

Y justo cuando está a punto de desesperar, lo ve aparecer: un cuero negro, brillante, cubierto de polvo, alto que cubre hasta por debajo de la rodilla. Sus ojos no se detienen ahí, sigue subiendo, descubre una falda de algodón también negra, blusa azul, cuello de cisne, barbilla redondeada, labios, nariz y unos ojos verdes que lo miran atentamente. La conversación con el zapato queda momentáneamente olvidada ante tan inusual cliente:

─Buenas tardes, resulta que hace varios meses compré estas botas y en la tienda me dijeron que hay que cuidarlas como si fueran nuestra propia piel, que hay que darles crema o qué se yo para hidratarlas y que no se rajen ─dijo la muchacha joven que lo miraba─. Yo es que soy un desastre en estas cosas, y como siempre están ustedes por aquí, digo yo que sabrán más que yo qué hacer, ¿cree que me puede ayudar?

El limpiabotas se queda sin poder articular palabra, solo mira fijamente a su interlocutora, abre la boca y no sale nada. Una vocecilla desde el suelo lo trae de vuelta:

─Venga hombre, que soy solo una bota que necesita un buen repaso.

─¡Faltaría más, señorita! Siéntese aquí, ¿está cómoda? ¿puedo ofrecerle un cojín para la espalda? ¿la prensa del día? ¿un té? No se preocupe que sé lo que me hago y su calzado quedará como nuevo al instante. Si es que hay que tratar la piel. Imagine usted que por las mañanas el ser humano no se lavara nunca, al final la piel sufre. Esto es igual, tenemos que tratar la piel.

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