Edgar

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Siempre me han gustado los bichos. De cualquier tipo, desde el más verrugoso de los sapos hasta el más majestuoso de los leones con sus melenas doradas que se coronaban en lo alto de la cadena alimenticia.

Con cinco años, ya había montado mi propia granja para saltamontes, todos metidos en varias cajas de zapatos separadas en compartimentos que hacían de establos, cochiqueras, corrales y un extenso prado para que saltaran en libertad. Así, cada saltamontes representaba el papel de un animal de granja —¡qué no hubiera dado yo por tener una granja tamaño natural! Pero me conformaba con una escalada— : los caballos, los cerdos, las gallinas, los polluelos y las vacas pastando en el prado.

Cuando tenía siete años, llegó a España una nueva mascota exótica que volvería locos a todos los niños y niñas del país: el vampiro chupasangres. Yo estaba contentísima, en el colegio no hablábamos de otra cosa. Todas mis amigas empezaron a recibir uno por su cumpleaños. Había tres tamaños disponibles: grande, mediano y toy. Mi cumpleaños caía a finales de diciembre y no hacía más que llorarles a mis padres que me compraran uno ya, que no podía esperar tanto tiempo, que todas mis amigas ya tenían uno y yo no, que me moriría si no me lo regalaban. Mis padres lo veían como un capricho de niña pequeña y me daban largas. «Te vas a tener que esperar a tu cumpleaños que ahora mismo no podemos», me decían día tras día. Creo que fue la etapa más larga de mi vida, días, semanas y meses interminables.

Por fin llegó el día, y en mi octavo cumpleaños, mis padres me regalaron un vampiro… Era el tamaño toy, unos 40 centímetros de altura, paliducho, sin un solo pelo en la cabeza, pequeños colmillos puntiagudos que asomaban por fuera de una boca de labios rojos como la sangre. Sus ojillos negros opacos me miraban fijamente con desconfianza desde el fondo de la caja en la que venía metido. Con mucho cuidado lo cogí por el tronco con las dos manos y me salió del alma abrazarlo. Esto hizo que la criatura se relajara un poco, pero seguía mirándome fijamente.

Los días que siguieron los recuerdo con cariño. Llamé a mi nueva mascota Edgar. Lo llevaba a todas partes, de paseo al parque con mis amigas —tenía que evitar a toda costa que le diera el sol porque el pobrecito era bastante intolerante y le salían unas ampollas de aúpa— , íbamos a la tienda especializada de vampiros para que jugara con los de su especie y para comprar sus pequeñas dosis de comida, capsulas de sangre en miniatura que venían en paquetitos como las pastillas. «Tres al día, ni una más ni una menos», nos había dicho el veterinario. Lo de ni una más sería probablemente para que no engordara. Ni una menos… No queríamos ni pensar a qué se refería…

Entonces, empezaron los problemas. Lo primero fueron las ratas muertas en el rellano; cada vez se veían menos palomas en los tejados, hasta que desparecieron del por completo; luego empezaron a desaparecer los gatos de los vecinos, los perros. Los niños cada vez tenían un aspecto más cansado y se les veía más pálidos, después fueron los padres y los abuelos, la portera, el cartero, los barrenderos del barrio. Se empezó a respirar una inexplicable aura de decaimiento en toda la ciudad que parecía afectar a todos menos a las familias que tenían como mascota un vampiro. Nuestro Edgar parecía de los más formal, incapaz de hacer daño a una mosca: daba las gracias, las buenas noches, los buenos días, recogía los cubiertos y los vasos cuando terminábamos de comer. Pero había algo en esos pequeños ojos negros sin brillo, fríos y calculadores, que no perdían detalle de lo que pasaba a su alrededor. Podías estar mirándolo durante horas, no te quitaba ojo de encima. Si apartabas la mirada, seguía sintiendo esos ojos clavados en ti.

Cuando comenzaron las desapariciones, no se nos pasó por la cabeza que unas criaturas tan insignificantes pudieran estar detrás de ello. Mi Edgar, no. ¿Qué ser humano desalmado podría estar causando tanto revuelo? Porque algo así solo puede ser obra de un ser humano, un psicópata. Aparecieron los cuerpos, pálidos, sin aparentes signos de violencia, sin una gota de sangre en las venas. Como si estuvieran dormidos, pero ya no respiraban. ¿Y si realmente fueran ellos?

Empezó a cundir el pánico. Nuestro vecinos dejaron de hablarnos, nos evitaban a toda costa. No era miedo, era terror. Pero Edgar seguía como si nada, tan atento como siempre, tan en paz… Mi Edgar es de los bueno, me repetía día tras día. Los demás vampiros eran el problema, sus dueños no habías sabido educarlos y, claro, se les habían ido de las manos. Es como cuando tienes un perro y no lo educas, si no hay un estímulo, no hay respuesta. Hasta que mis padres empezaron a verse afectados por el mismo virus que había sacudido al resto de la población. Mostraban un aspecto demacrado, pálido, andaban con la mirada perdida y sin ganas de nada. Yo miraba a Edgar, que seguía con sus ojillos opacos fijos en mí. Parece que nunca has dejado de mirarme, desde que te saqué de tu caja de regalo, no has querido perderme de vista. Y ahora era yo la que lo miraba con desconfianza. Intentaba vigilar cada uno de sus movimientos, donde él fuera, ahí estaba yo. Empecé a dormir con un ojo abierto, cerraba la puerta de mi habitación y colocaba la papelera delante para sentir si se abría. Edgar parecía dormir apaciblemente en su pequeño ataúd. Podía oír su respiración suave desde mi cama, pero a un punto ya no oía nada hasta que me levantaba a la mañana siguiente. Y ahí seguía el pequeño vampiro, durmiendo como si nada.

Pero una de las noches sí que lo oí. Sentí que la papelera se movía. Abrí los ojos y parpadeé varias veces para acostumbrarme a la oscuridad. Miré al ataúd, estaba vacío. Eche un vistazo rápido por la habitación para asegurarme de que él no seguía ahí. Encendí la lámpara de la mesita y salí de la cama. Descalza, me dirigí a la puerta y la abrí de par en par, sin preocuparme del ruido que hizo la papelera al caer. Me quedé quieta unos segundos escuchando, lo que fuera, cualquier cosa que me dijera a dónde se había dirigido. Demasiado silencio. Salí al pasillo y empecé a caminar lentamente hacía el salón. Al otro lado, estaba el cuarto de mis padres. Tan solo unos pasos más y sabría la verdad, ¿qué estás haciendo mi pequeño Edgar? Un paso tras otro y llegué a mi destino. Por el ventanal del salón entraba la luz de la luna. Una silueta oscura tapaba el centro de la ventana. Era alta, corpulenta. ¿Papá? Un bulto a la altura del cuello se giró, y por una vez vi un brillo en esos ojos negro y opacos. Mi Edgar no…

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